Lo esencial es invisible a los ojos

El principito

Por Paula Jansen.

 

Lo de siempre

En esta oportunidad, traigo una experiencia personal. Algo que me sucedió entre
quehaceres cotidianos, y me gustaría compartir.
Generalmente hago las compras en un supermercado chino de la vuelta de casa. Muchas
veces compro aguas y otras cosas pesadas, entonces me mandan el pedido a domicilio.
La mayoría de las veces lo trae un chico de origen oriental de unos veinte años. Es un
chico más bien antipático, que no saluda, no habla. No debe de entender mucho el idioma.
En diferentes momentos ha tenido actitudes bruscas con la mercadería. Confieso que esas
actitudes me han molestado, pero nunca le dije nada.


Algo se modifica

El otro día fui a hacer una compra, estaba apurada y les pedí si podían traerme rápido el
pedido. Ahí me contestaron que el chico del reparto me acompañaba hasta casa con las
compras.
Entonces fuimos caminando el chico antipático y yo.
Él empujaba el carrito, y yo caminaba al lado.
Íbamos en silencio.
De repente escuchamos un grito de ¡Gol!, venía de un departamento.
Le pregunté si sabía quién jugaba, me contestó que Brasil contra México.
Ahí nos pusimos a charlar, él con poco castellano, pero nos pudimos entender bastante
bien.
Le pregunté si era pariente de la gente del mercado —ya que la mayoría son
familiares—, y me dijo que no, que ellos conocen a sus papás que viven en China, pero
nada más.
Le pregunté si estaba con alguien acá. Me contó que estaba solo viviendo en una
pensión, que extrañaba mucho. Y también me contó que estaba preocupado por la suba del
dólar porque le significaba menos plata para mandar a China. Casi todo lo que ganaba se lo
enviaba a sus papás.
En fin, fuimos charlando hasta casa. Charla que cambió totalmente la perspectiva que
tenía de ese chico, que ahora tenía nombre: Yong.


La otra mirada

Cuando me dejó el pedido, le pregunté si había probado los alfajores Havanna, sabía que
justo tenía en casa y quería convidarlo. Por primera vez lo vi sonreír, me emocionó su
sonrisa.
Sonrisa que sólo fue posible cuando pude ir más allá, cuando pude encontrarme con el
ser que estaba frente a mí.

Yong ya no me pareció antipático ni brusco. Por el contrario: me despertó mucha
compasión. Pensarlo en un país extraño, solo, lejos de su familia y además preocupado por
el dólar, me ayudó a comprender la batalla interior que estaba librando, batalla que
libramos cada uno de nosotros.
Después de unos días volví a ir al supermercado.
Yong se me acercó, nos saludamos, y en un chino-castellano me dijo:
—Alfajores, riquísimos.
Nos sonreímos.
Se me vino una frase El principito: “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:
sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.
Yo había podido mirar a Yong con el corazón, y apreciar su real belleza.
Belleza que está en todas partes. Está en mí, en ustedes.
Belleza que está en todo el Universo, pero que muchas veces se nos pierde porque
quedamos atrapados en lo aparente.
Y me pregunté cuántas cosas se me escapan cuando sólo miro desde la mente. Cuántas
cosas descubro cuando me atrevo a mirar con los ojos del corazón.
Hay muchos Yong cerca de nosotros. Sólo tenemos que animarnos a ir más allá de una
actitud, de una imagen, de nuestros propios juicios.
Sólo mirando con los ojos del corazón, podremos encontrar lo bello de la vida.

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